La construcción mediática de un enemigo

Por Tuuskeep Kasperchack

Semiología de la imagen

Las estrategias propagandísticas de Washington para personalizar y demonizar a presuntos enemigos son bien conocidas por los expertos, pero no por el ciudadano común.
George W. Bush sostuvo que el derrocamiento de Saddam Hussein, aun cuando se demostró que Irak carecía de armas peligrosas, había sido una buena acción. ¿Por qué? Porque Saddam Hussein, decía el entonces presidente republicano, era la “encarnación del mal”.
La “maldad” de un adversario de la política de los EE.UU. es metafísica y puede ser usada para justificar prácticamente todo, nos recuerda el analista Juan Cole en un artículo publicado recientemente en el portal CommonDreams.
Recuerda que en 1953, Irán tenía un primer ministro nacionalista que demandaba que parte de las ganancias por la venta del petróleo de su país se quedaran en esa nación. Se llamaba Mohammad Mosaddegh y su nombre confirmaba su linaje aristocrático. Pero la administración de Eisenhower y los grandes medios de comunicación de Washington llevaron a cabo una campaña de descalificación personal contra Mosaddegh, a quien acusaron de ser comunista y un títere de la Unión Soviética. En realidad era un aristócrata nacionalista.
La demonización de Mosaddegh fue sólo el preludio para que la CIA organizara un motín para expulsar del poder al primer ministro de un país que había sido electo democráticamente. Hasta hoy, Irán no ha podido recuperar ese sistema de gobierno.
Hugo Chávez, de Venezuela, también fue demonizado, lo mismo que Yasser Arafat y Salvador Allende.
Cada vez que las agencias de inteligencia de EE.UU. colaboran con los medios de comunicación para arremeter contra un líder extranjero, al que presentan como el mismo Satán, tenemos que tomar estos ejemplos como un signo de que se prepara algo más grande contra su país, advierte Cole.
Por su parte, el periodista Robert Parry, director del portal Consortiumnews.com, subraya que la creciente histeria de ciertos medios de comunicación sobre la presunta participación de Rusia en las pasadas elecciones presidenciales de los EE.UU., se entiende mejor si la situamos en un contexto mucho más amplio:
La actual propaganda contra Rusia, y más específicamente contra su presidente Vladimir Putin, llena dos necesidades de Washington: el tránsito del Complejo Industrial Militar de “la guerra del terror” a una más lucrativa “Nueva Guerra Fría” y la amenaza que representa el presidente Donald Trump para la clase que dirige la política exterior neoconservadora/liberal-intervencionista.
Al exagerar la “amenaza” rusa, apunta Parry, los neoconservadores y sus compinches halcones liberales, que incluye a muchos de los principales medios de comunicación de EE.UU., podrían obtener más fácilmente del Congreso presupuestos militares más elevados. La alharaca también busca vulnerar un cambio significativo en la política exterior de los EE.UU. en el gobierno de Trump.
Algunos demócratas, incluso, intentan detener el ascenso de Trump a la Casa Blanca al pedir a la CIA que cuente a los integrantes del Colegio Electoral escalofriantes relatos sobre Rusia para tratar de anular el triunfo del magnate.
Los electores se reunirán este 19 de diciembre para formalizar sus votos, que supuestamente deben reflejar las decisiones de cada votante del estado, aunque teóricamente podían cambiar su voto de Trump a Hillary o a favor de alguien más.
Hace unos días, el columnista liberal E.J. Dione Jr. se unió a estas voces y exigió a los electores dar la vuelta a la elección.
A tales demócratas, indica Parry, les gustaría que la CIA, que por ley tiene prohibido operar en territorio gringo, debido a su histórico papel en influir en elecciones en otros países, jugara un papel similar en los EE.UU., lo que demuestra la desesperación del Partido Demócrata.
Y aun cuando The New York Times y otros grandes medios reportan que no existe suficiente evidencia de que efectivamente Rusia haya hackeado las cuentas electrónicas del Partido Demócrata y haya filtrado la información a WikiLeaks, el ex embajador británico Craig Murray, un personaje cercano a Julian Assange, fundador de Wikileaks, aseguró al London Daily Mail que él personalmente recibió la información de los correos de manos de un demócrata “disgustado”.
Murray dijo que en septiembre voló de Londres a Washington para un traspaso clandestino de una de las fuentes de correos electrónicos, y recibió el paquete en un área boscosa cerca de la Universidad Americana.
“El contenido de los correos del Comité Nacional Demócrata y de John Podesta, jefe de la campaña de Clinton, no provino de los rusos”, dijo Murray, y añadió: “la fuente tenía acceso legal a la información. Los documentos vinieron de una filtración interna, no de algún hacker”.
Murray dijo que su fuente estaba “asqueado de la corrupción de la Fundación Clinton y de cómo se operó internamente para hacer perder a Bernie Sanders”. Murray precisó que su reunión fue con un intermediario, no directamente con quien llevó a cabo la filtración.
Si el relato de Murray es verdadero, se presentan varios escenarios alternativos: las afirmaciones de funcionarios de inteligencia de los EE.UU. sobre la participación de Rusia son falsos, lo mismo los informes que consignan que los rusos hackearon los correos de los demócratas con sus propios medios de inteligencia y proporcionaron el material a WikiLeaks, aunque también cabe la posibilidad de que Murray haya sido engañado sobre la identidad del filtrador original.
Pero la incertidumbre crea la posibilidad de que los demócratas estén usando una ambigua evaluación de la CIA para tratar de revertir los resultados de la elección presidencial, haciendo que esa agencia intervenga en un “cambio de régimen”, como acostumbra hacer en otros lados.

Autopsia demorada

Todas estas maniobras también están demorando la autocrítica del Partido Demócrata sobre por qué perdió tantos votantes de la clase trabajadora blanca en bastiones que normalmente habían votado a su favor, como Pensilvania, Michigan y Wisconsin.
En vez de que los líderes de ese partido asuman la responsabilidad por preseleccionar a candidatos sumamente débiles e ignorar todas las advertencias sobre la resistencia pública a esta elección, los demócratas están buscando ahora culpables por todas partes: desde James Comey, director del FBI, por revivir la investigación contra Clinton por el uso de un servidor inseguro para enviar y recibir información clasificada; los candidatos de terceros partidos por desviar votos; el arcaico Colegio Electoral que niega el hecho de que Clinton ganó el voto popular y ahora los rusos.
Si bien algunas de estas quejas tienen alguna validez, el excesivo frenesí que ha rodeado la todavía no probada afirmación de que el gobierno ruso subrepticiamente inclinó la elección a favor de Trump, crea una dinámica especialmente peligrosa, alerta Parry.
Por una parte, ha conducido a los demócratas a apoyar acciones propias de Orwell y MacCarthy, tales como establecer “listas negras” de sitios de Internet que no se tragan las versiones oficiales de Washington y que por ese sólo hecho son etiquetados como difusores de “desinformación” o “propaganda rusa”.
Por la otra, fortalece al Partido Demócrata como un “partido de la guerra”, que favorece una intensificación de una Nueva Guerra Fría con Rusia al exigir sanciones económicas contra Moscú, e incluso que busca desafiar militarmente a Rusia en zonas de conflicto, como Siria y Ucrania.
Con su excitación anti-rusa, los demócratas difícilmente pueden ahora hablar de que son el “partido de la paz”.
Trump parece favorecer una distensión geopolítica en tanto que los demócratas tocan los tambores de la guerra para más confrontaciones militares, lo que los aleja de sus raíces políticas.
Si los líderes demócratas continúan presionando, en alianza con neoconservadores republicanos, para escalar una Nueva Guerra Fría con Rusia, podrían precipitar una escisión en su partido entre los halcones y los palomos demócratas, un cisma que probablemente hubiera ocurrido si Clinton hubiera ganado la elección, pero que de todas formas puede acontecer.
La primera prueba para esta emergente alianza de neoconservadores demócratas se puede presentar con la designación de Trump para que Rex Tillerson, director ejecutivo de la Exxon-Mobil, sea el próximo Secretario de Estado. Este último no exhibe un odio visceral contra el presidente de Rusia, Vladimir Putin, como sí lo hacen los demócratas.
Como director ejecutivo internacional, Tillerson parece compartir la “política real” de Trump a escala mundial, es decir, la idea de que hacer negocios con sus rivales tiene más sentido que conspirar para forzar un “cambio de régimen”.
Durante varias décadas, el método de “cambio de régimen” ha sido respaldado por neoconservadores y liberales intervencionistas y ha sido implementado tanto por administraciones republicanas como demócratas. Algunas veces, se ha hecho a través de la guerra y otras veces a través de “revoluciones de color”, siempre bajo el disfraz ideal de “promoción democrática” o “para proteger los derechos humanos”.
Pero el principal problema de esta estrategia neoimperialista es que ha fracasado miserablemente para mejorar las vidas de las personas que viven en los países en los que EE.UU. ha “cambiado el régimen”. En efecto, ha dispersado el caos en todo el mundo e incluso ahora ha desestabilizado Europa.
Sin embargo, la solución, como la ven los neoconservadores y sus suplentes halcones liberales, es simplemente forzar a la población mundial a tragarse más medicina de “cambio de régimen”. La nueva “gran idea” es desestabilizar a Rusia, que posee armas nucleares. ¿Cómo? Exprimiendo su economía y suministrando fondos a cuantos elementos contrarios a Putin sea necesario para crear los núcleos para una “revolución de color” en Moscú.
Para justificar este arriesgado esquema, ha habido una amplia difusión de propaganda anti-Rusia, con el patrocinio de millones de dólares provenientes de los impuestos, además de que funcionarios gubernamentales alimentan con informes no verificados a los principales medios.
Sin embargo, como en anteriores planes de “cambio de régimen”, los neoconservadores y halcones liberales nunca piensan en el escenario final. Ellos siempre dan por sentado que todo funcionará perfectamente y que algún presentable “líder opositor” que ha estado en sus conferencias de gabinete estratégico ascenderá fácilmente al liderazgo.
Recordemos que, en Irak, iba a ser Ahmed Chalabi, que gozaba de todo el cariño de Washington, pero que era rechazado por el pueblo iraquí. En Libia ha habido un desfile de líderes de “unidad” aprobados por los EE.UU., pero todos han fracasado para unir a su país.
En Ucrania, la elección fue Yatsenyuk, que tuvo que renunciar en medio de una amplia desaprobación pública a principios de este año, luego de ordenar severos recortes en programas sociales, aun cuando funcionarios del régimen apoyado por los EE.UU. en Kiev continuaban saqueando el tesoro de Ucrania y se apropiaban de la ayuda económica de Occidente.

Desestabilización de una potencia nuclear

Pero la intención de desestabilizar a una potencia nuclear, como lo es Rusia, es aún más descabellada que todos los fiascos ya señalados. La presunción de los halcones liberales y neoconservadores es que los rusos —impelidos por el hambre y las duras sanciones occidentales- derrocarían a Putin e instalarían una nueva versión de Boris Yeltsin quien permitiría el retorno de consejeros financieros de EE.UU. con su “terapia de choque” neoliberal de los 90 para explotar de nueva cuenta los vastos recursos naturales de Rusia.
En efecto, fue la “terapia de choque” preferida de Occidente, aplicada durante la era Yeltsin, la que produjo condiciones desesperantes antes del surgimiento de Putin con su nacionalismo autocrático que, no obstante todas sus fallas, ha mejorado dramáticamente la vida de los rusos.
Así, el resultado más seguro que producirían los planes de “cambio de régimen” de los halcones neconservadores/liberales sería el surgimiento de alguien incluso más nacionalista —y probablemente mucho menos estable— que Putin, que es considerado incluso por sus críticos como un tipo frío y calculador.
El prospecto de un nacionalista ruso extremista que tenga en sus manos los códigos nucleares del Kremlin debería erizar la piel de todos los norteamericanos e incluso de todos los seres humanos del planeta. Pero este es el curso que los demócratas clave parecen seguir en su crecientemente histeria contra Rusia.
El Comité Nacional Demócrata emitió una declaración el miércoles, en la que acusa a Trump de dar a Rusia “un temprano regalo de navidad que huele a soborno… Es muy fácil unir los puntos. Rusia se inmiscuye en la elección de EE.UU. para beneficiar a Trump y ahora él recompensa a Vladimir Putin al nombrar a Rex Tillerson, CEO de Exxon Mobil, como Secretario de Estado”.
Además de demorar la necesaria autopsia de por qué los demócratas lo hicieron tan mal en una elección contra el también detestable Donald Trump, el nuevo engaño de “échenle la culpa a Rusia” amenaza con lesionar a los demócratas y sus políticas preferidas en otra forma.
Si los demócratas se oponen en bloque a Tillerson o algún otro nominado por Trump –con la demanda de que designe a gente aceptable para los neoconservadores y halcones liberales— podría obligar a Trump a entregarse en brazos de los republicanos conservadores, dándoles más juego a nivel doméstico a fin de que le permitan conseguir sus objetivos de política exterior.
Esto podría redundar en contra de los demócratas, quienes buscan preservar importantes programas sociales, a cambio de su dudosa alianza con los neoconservadores.
Desde la presidencia de Bill Clinton, los demócratas han cortejado a facciones de los neoconservadores, además de creer que son influyentes porque dominan páginas de opinión y gabinetes de pensamiento estratégico en Washington. En 1993, en agradecimiento a los directores neoconservadores de The New Republic por apoyarlo, Clinton designó al ideólogo neoconservador James Woolsey como director de la CIA, una de las decisiones personales más desastrosas del entonces presidente.

Una evaluación de Rusia

Parry aprovechó un reciente viaje a Rusia para averiguar si ese país es el estado policiaco que pinta la propaganda norteamericana, y si es un país deseoso de liberarse de la mano dura de Vladimir Putin (no obstante que, según las encuestas, el presidente ruso goza de un 80 por ciento de aprobación de su pueblo).
—Durante la última semana de mi viaje a Europa, que incluyó paradas en Bruselas y Copenhage, decidí darme una escapada a Moscú, ya que no la conocía. Lo que encontré fue una ciudad impresionante y sorprendentemente occidentalizada, llena de franquicias norteamericanas y europeas, incluyendo, desde luego, McDonalds y Starbucks.
Si bien funcionarios importantes de Rusia se rehusaron a reunirse conmigo, porque soy un reportero norteamericano, en este tiempo de tensiones, Rusia tiene poca apariencia de ser una sociedad injustamente reprimida. En mis años de reportero cuando cubrí las políticas de EE.UU. en El Salvador en los 80 y en Haití, en los 90, supe cómo son y cómo se siente vivir en estados policiacos, donde escuadrones de la muerte arrojan cadáveres en las calles. No sentí eso en Moscú, sino una ciudad moderna con gente entregada a sus negocios bajo tempranas nevadas en diciembre.
La presencia de policías en la Plaza Roja, cerca del Kremlin, es tan discreta como la que existe cerca de los edificios gubernamentales de Washington. Lo que sí había era un ambiente prenavideño en una iluminada Plaza Roja, que semejaba una enorme pista de patinaje rodeada de pequeñas tiendas en las que se vende chocolate caliente, juguetes, ropa térmica y otros productos.
Por descontado que mi estancia y contacto con los rusos fueron limitados, además de que yo no hablo ruso y la mayoría de ellos no habla inglés, quedé impresionado por el contraste entre la imagen triste creada por los medios de comunicación occidentales y la Rusia que yo vi.
Recordé cómo el presidente Ronald Reagan presentaba a la Nicaragua gobernada por los Sandinistas como un “calabozo totalitario”, con un estado militarizado listo para marchar sobre Texas, pero lo que yo encontré cuando viajé a Nicaragua fue un país del tercer mundo que hacía esfuerzos por recuperarse de un terremoto y con una débil estructura de seguridad por la guerra de los Contras que Reagan había desatado contra Nicaragua.
En otras palabras, “el manejo de la percepción” continúa como el principio de cómo el gobierno norteamericano trata con el pueblo norteamericano, asustándonos con relatos exagerados de amenazas externas y luego manipulando nuestros miedos y nuestra desinformación.
Tan peligroso como puede ser cuando hablamos de Nicaragua, Irak o Libia, los riesgos son exponencialmente más elevados cuando se trata de Rusia. Si el pueblo norteamericano es conducido a una Nueva Guerra Fría basada más en mitos que en realidades, el costo mínimo a pagar podría ser de varios trillones de dólares que se desviarían de las necesidades domésticas para engordar las chequeras del Completo Industrial Militar. El costo más grande, sin embargo, podría ser un mal cálculo de cualquiera de los lados que podría acabar con la vida del planeta.
Así que, mientras los demócratas trazan su futuro, necesitan decidir si quieren arrebatar a los republicanos el mote de “partido de la guerra” o si desean alejarse de la escalada de tensiones con Rusia y comenzar a atender las necesidades apremiantes del pueblo estadounidense, concluye Parry.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*